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AVENIDA COLON 630: "AQUI FUIMOS TORTURADOS" Por Elia Simeone, La Prensa Austral 11 de septiembre de 2005 11-Sep-2005.- Tres personas esperan al lado de una casona que parece abandonada, con graffitis incluidos, y ventanas tapiadas. Uno de los hombres fuma compulsivamente. El otro lleva bajo el brazo el libro "El sur de la memoria". El tercero tiene una llave en sus manos, con la cual abre por primera vez el portón por donde los otros dos hombres entraron hace 32 años para ¡ser torturados en pleno centro de la ciudad! El portón metálico se cierra tras nosotros y el ruido nos hace mirar sobre él. Hay unos alambres de protección. El sitio del horror
Nelso Reyes era dirigente del Mir y hoy preside la coordinadora de ex presas y presos políticos. Camina y dice: "Aquí nos bajaban. Lo sé por el ruido que produce el zapato sobre esta arena", relata y, como si no le creyéramos, desliza su pie sobre la gravilla. Los dos coinciden en que había una escalera caracol por la que los obligaban a bajar al sótano, siempre a culatazos. Aunque no se quiebran, parece que demoran el momento de entrar a la casona. De pronto, sobre uno de los techos se percatan de una especie de catre, hoy cubierto por el óxido. "¡Mira! ¿No será una de las "parrillas"?", pregunta el seremi de Gobierno, Jorge Restovic. Gómez y Reyes miran y responden afirmativamente. "Usaban los somieres Cic y sobre ellos nos aplicaban electricidad en todo el cuerpo", explica Gómez. Luego, encontrarían otras tres "parrillas" abandonadas sobre uno de los techos de la casa. Un lugar "cargado" Finalmente, entran. Todo está oscuro, como abandonado hace mucho tiempo. "Tiene que estar la escalera de caracol por aquí", comentan, pero sin encontrar nada. "Por aquí hay una escalera", les dice Restovic. Llegan a ella, pero no es la que buscan. "¡Esta escalera tiene 19 peldaños! Yo lo sé", asegura Gómez. Y, sí, tiene 19 peldaños y quien más que alguien que subió repetidamente por ella con los ojos vendados podría tener tal certeza. Señalan, luego, dos gruesos barrotes que protegen una ventana que está justo en un descanso de la escalera. "Estos barrotes nos contenían porque aquí los militares nos empujaban, nos hacían rodar y siempre chocábamos contra estos barrotes", relata Reyes, asiendo los fierros. Restovic comenta, lo que ya sentíamos: "Este lugar está cargado". La "parrilla" Los ex presos políticos concuerdan en que era en el segundo piso y en el subterráneo donde se torturaba a la gente. Estiman que fueron más de mil 200 las personas detenidas y que la mayoría pasó por esta dependencia que sirvió de principal centro de operaciones del Servicio de Inteligencia Militar. Creen que el recinto fue usado para torturar desde el 11 de septiembre de 1973 hasta enero de 1974. Recuerdan que después hubo allí una fiscalía militar y que, al parecer, fue usado más tarde por la Armada para sus cadetes, porque hay varias inscripciones de nombres de jóvenes en las paredes. En medio de estas especulaciones se llega a una pieza. Nelso Reyes se para al centro, rememora y, luego, lanza su relato: "En esta pieza fui torturado varias veces. Aquí estaba la "parrilla". Sé que es esta pieza porque logro reconocer su tamaño por la acústica. Cuando me trajeron la primera vez, me pusieron desnudo. Nunca me sacaron la venda, pero sé que había mucha gente, porque me rodearon y podía sentir el calor que de ellos emanaba. Allá había una grabadora de cinta y, de pronto, alguien me dijo: '¡Diga, fuerte y claro, su nombre!'. Y luego me preguntó: '¿Qué militancia tiene?' y le respondí: '¡No tengo!'. Y me aplicaron electricidad desde las 10 de la noche hasta las 8 de la mañana del día siguiente. Luego supe que esa persona era el suboficial Henríquez, de la Fach, que fue el mismo que estuvo a cargo del centro de detención del estadio fiscal. "En algún momento me dejaron solo con un oficial y éste se entretenía aplicándome electricidad, como si fuera un pasatiempo. Era Eduardo Carrasco, comandante del Regimiento de Infantería Cochrane", dice recordando lo que le pasó, como si fuera hoy, el 28 de septiembre de 1973. De pronto, Reyes sale decidido diciendo que sabe con certeza que "allá hay un baño". Lo seguimos y es efectivo. "Era más pequeño y aquí me tenían desnudo, parado por horas, con militares jóvenes que cada quince minutos se turnaban y me pegaban en la cabeza con la boca de su arma pidiéndome que confesara mi militancia", agrega. "Ellos se sentían culpables por lo que tenían que hacerme. Tenían sólo 18 ó 19 años y uno de ellos, incluso, me pidió perdón por lo que tenía que hacer, diciéndome que lo entendiera, que si no lo hacía a él lo iban a castigar". Reyes y Gómez sostienen que ese lugar fue preparado para torturar, porque en todas las piezas había "parrillas", equipos de electricidad y, en el sótano, tambores de 200 litros de agua donde los sumergían para aplicarles luego la corriente. Como si fuera una catarsis, Reyes continúa con sus recuerdos: "Una vez estando en esta pieza, supe que al lado llegó un compañero, Gastón Prieto Iglesias, quien hoy vive en Dinamarca. Tenía sólo 17 años, pero fue tan ejemplar como compañero porque escuché ¡todos, todos sus gritos! y siempre les contestaba: 'No sé nada, no sé nada'. "Otra vez yo estaba sentado acá y un oficial moreno, alto, fornido, me preguntó: "¿No te dije que te cortaras el bigote? Yo lo voy a afeitar. ¡Tráiganme un alicate!". Y me sacó uno a uno cada pelo. ¡Nunca lo voy a poder olvidar!", dice. Y, por los "pasos tímidos", reconoció una vez que subía una mujer. Era la esposa de un dirigente, con quien lo carearon. Ella fue violada. Reyes vio, luego, a ese oficial alto en el Regimiento Pudeto. Usaba un anillo y chaqueta a cuadros tipo escocés. "Era el capitán Fernández Larios. Pero, creo que era el hermano del conocido Armando Fernández Larios", plantea. Baldovino Gómez esquiva ser tan directo para sus relatos, sólo habla de las muchas veces que le apagaron cigarrillos en el cuerpo, de la electricidad. "Y no había atención médica. Llegábamos morados al Regimiento Pudeto", dice. Lo que sí recrimina es que este centro de tortura funcionaba a vista y paciencia de todos, a escasas dos cuadras de la Intendencia y que los que allí "trabajaban" lo hacían con horario de funcionarios públicos. De las 8 de la mañana al mediodía, se iban a sus casas a almorzar y regresaban a las 14 horas hasta las 17,30. "Después, me imagino, cobrarían horas extras". "¡Ahí cambió la vida para mí!" Por este centro de tortura pasaron hombres, mujeres, jóvenes y niños. Para las mujeres, contar sus experiencias resulta más doloroso por los vejámenes, las violaciones y todo tipo de atrocidades a las que fueron sometidas. Este diario tuvo acceso a un video inédito en Chile, producido por capitales mexicanos y japoneses y exhibido por la televisión nipona. En él, María Inés Ochoa, hija de la cantante mexicana Amparo Ochoa, realiza un viaje a Chile para seguir la historia de la canción "¡Gracias a la vida!". En su recorrido, llega a Punta Arenas, pues fue en el Teatro Municipal de esta ciudad donde Violeta Parra cantó por primera vez su famosa canción. El video muestra a María Inés Ochoa junto a Baldovino Gómez, quien le indica a través del estrecho de Magallanes la isla Dawson, donde él y otros cientos estuvieron recluidos y fueron torturados. Frente a la isla, ambos entonan la canción de Violeta Parra. También lo hacen tres mujeres, de las cuales se reservan los nombres, que llegan hasta la casona de Avenida Colón 630 y comparten, por primera vez, sus testimonios de dolor. Ninguna de ellas pudo haber tenido más de 17 años el 11 de septiembre de 1973. "Ahí cambió la vida para mí", dice apenada una de ellas. "Decíamos: "Mañana me voy a ir a mi casa". Y pasamos más de un año pensando eso...", relata otra. La tercera mujer, admite que sólo estar parada al frente de este lugar es demasiado para ella. Confiesa que ha debido sobrellevar su dolor y angustia en el más absoluto de los silencios. "Mi madre murió sin que yo pudiera contarle nunca lo que me pasó aquí y con mi padre nunca hemos hablado". No aguanta más y rompe en un llanto desesperado. Vuelve a vivir los imperdonables vejámenes a los que fue sometida siendo una joven de ¡sólo 17 años! Y uno se pregunta: ¿Qué podría haber hecho una niña de 17 años para desestabilizar a una dictadura militar? Sus dos compañeras la abrazan, también llorando. "Esto es parte de la sanación", le dice una a su compañera. "He tenido que vivir teniendo una máscara toda la vida para que no se entere nadie", se derrumba la mujer. "Damos ¡gracias a la vida! porque pudimos sobrevivir, porque estábamos ahí y sobrevivimos a las torturas. Pero, salimos adelante, sobrevivimos queriendo transmitir todo esto a las futuras generaciones", concluye el relato de las mujeres. "¡Gracias a la vida, que me ha dado tanto. Me ha dado la risa y me ha dado el llanto. Así yo distingo dicha de quebranto...", terminan cantando alejándose abrazadas de esta casa del horror. Hoy, seguramente ellas y cientos de ex presos políticos se armarán de valor para ingresar a este recinto, cuando el intendente Jaime Jelincic abra oficialmente la puerta de este recinto, cuna del dolor que arrastran y arrastrarán hasta el último de sus días. Lo único que esperan es que allí se levante un museo o instituto de los derechos humanos, como un recuerdo permanente de estas atrocidades, para, como repiten, ¡nunca más! |